Leyend dEL CALLEJÓN DEL BESO

Hombres y mujeres que gozan de la libertad de besar a su ser amado… aquí les cuento la trágica leyenda del Callejón del Beso. Corría el siglo XVII, en el esplendor del Virreinato Español en este rico mineral de Santa Fe de Guanajuato. Doña Ana tenía sólo dieciséis años y gustaba vestir con bellos vestidos de encaje. Cautivaba su sonrisa. La riqueza de su padre estaba en decadencia y ella se había convertido en su salvación: la tenía prometida en matrimonio a un viudo español, muy rico, pero muy viejo.

Para cuidarla de amores de juventud, su padre le tenía prohibido salir de su casa sin Brígida, su dama de compañía.

―Mañana, Brígida, iremos a misa de seis a la parroquia.

―¿Otra vez, Doña Ana? ¿No será por ese muchacho fornido que se acerca a comulgar cuando ve que su merced se levanta?

―¿Cómo crees? Es por devoción…

Carlos era un minero mestizo. Había encontrado una veta próxima a Guanajuato. Iba a misa de seis sólo para ver aquella niña de trenzas doradas. Un día quiso acercarse.

―¿Qué quiere vuestra merced, caballero?

―Sólo deseo hablar un momento con…

―Mi ama es una doncella decente, ¡por favor mantenga su distancia!

Entonces Carlos entregó a Doña Ana una carta. Al leerla quedó maravillada, tanto que le robó el corazón y no pudo volver a conciliar un sueño tranquilo, hasta que se decidió a pedir la autorización de su padre para poder conversar con él.

―Primero muerta, ¿me entiendes? Tú perteneces a Don Fermín, que el año que entra vendrá de Pamplona y te casarás con él, ¡porque te lo ordeno yo!, que soy tu padre. Y se acabaron las salidas; ni siquiera a misa.

Y tú, Brígida, con la vida me respondes, ¿eh?

En Guanajuato los callejones se hicieron siguiendo el curso de infinidad de arroyos que escurrían a la cañada. Doña Ana quedó enclaustrada entre aquellas caprichosas callecillas. Sesenta y ocho centímetros separaban su casa de la de enfrente. Desde su balcón, si estiraba la mano, podía tocarla. Pasaron muchos meses de encierro y soledad. Pero la pasión de Carlos, el minero, no hacía sino crecer. Las cartas que enviaba con Brígida eran cada vez más encendidas. Su mina lo hizo rico, así que compró la casa de enfrente.

―Asómate al balcón, Ana, la luna está llena y hermosa.

―¿Para qué, Brígida? Prefiero pudrirme en la oscuridad a la que estoy condenada.

―Hazlo por mí, acércate a la ventana.

―¡Ohhh!

―Si, mi amada señora, soy yo, soy Carlos, tu Carlos.

Se vieron a los ojos sin poder decir palabra. Los escasos segundos parecieron eternos. La luz de la luna los bañó de plata y sus ojos brillaban como solo brillan los de los enamorados. Lentamente se fueron acercando hasta que se fundieron por fin en un largo beso.

Pero la desgracia acechaba: el padre de Doña Ana los veía desde el callejón. Sigilosamente entró en su casa y subió rápidamente la escalera. Brígida vigilaba la entrada de la habitación.

―Deténgase, Amo, ¿qué va a hacer?

―¡Apártate, alcahueta!

―¡Ayyyy!

Al abrir la puerta, el padre perdió los estribos. Sacó la daga y de dos grandes zancadas cayó sobre su hija clavándosela en la espalda.

Carlos, que no podía creer lo que veía, no pudo más que dar un último beso a la mano de su amada, que aún sostenía entre las suyas.

El padre, enloquecido de dolor, volteó el puñal hacia sí y lo hundió en su corazón.

Cuenta la leyenda que desde entonces, aquellos amantes que se besan en el tercer escalón del callejón, tendrán siete años de tórrido romance y los que no, conseguirán siete años de monótona soledad.

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