Don Melchor y su Carruaje Satánico

A pocos pasos de los delfines que saltan en la fuente florentina del Baratillo, se cuece la leyenda de Don Melchor y su carruaje satánico.

Ciertas noches, dentro del zaguán de una de las casas que dan al Baratillo, se puede ver un resplandor infernal.

Súbitamente el portón se abre de par en par y aparece un carruaje fúnebre tirado por dos caballos negros, que arrojan lumbre por los ojos y espuma de fuego por los ollares. Un ánima en pena lleva las riendas, con saña restalla su látigo para hacer relinchar a los corceles. Se trata del espectro de Don Melchor que no encuentra el descanso eterno que añora debido a la traición que en vida cometió. A principios del siglo XIX, Don Melchor, próspero comerciante de Guanajuato formo sociedad con un adinerado español peninsular que de repente enfermó.

―(Con voz de moribundo) Melchor, mi fiel socio, me ha llegado la hora.

―No digas eso Venancio, te recuperarás, ya verás.

―Tu sabes bien que no. He aquí mi última voluntad: reparte mi dinero entre los pobres, te lo encargo a ti porque eres la única persona en quien confío.

Dicho esto Don Venancio exhaló su último aliento. De inmediato Don Melchor quiso darse a la tarea encomendada, pero cuando su mano acarició el caudal que el socio pretendía desperdigar, se sintió tentado. Urdió un plan: pagaría una bicoca a menesterosos que se apostaran frente a su casa para que todo mundo los viera y fingiría darles dinero a manos llenas.

Pocos tragaron su estratagema y pronto empezaron las murmuraciones. Mientras, Don Melchor se hacía más avaro, enjuto y jorobado. Un día la maledicencia llegó a sus oídos.

―Malagradecidos. Nada más por eso les cerraré a todos las puertas de mi casa, ¡a ver quién diablos les da caridad!

Se enclaustró por años, contando su dinero, acariciando las monedas, hasta que a él también le llegó su hora. Escondió la fortuna para que nadie pudiera disfrutarla. Cuando lo llevaban a enterrar, un hoyo hizo saltar el carruaje fúnebre, el féretro se abrió y Don Melchor sacó la mano huesuda con la que sobaba las monedas. Del susto el cochero saltó y los caballos se desbocaron. El carruaje se perdió por el final del callejón. Dicen que lo llevó al mismísimo infierno.

Desde entonces y a causa del estruendo de los cascos de los caballos en las baldosas a media noche, los guanajuatenses nos hemos hecho buenos para cumplir nuestras promesas.

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