La Ilusión del Centenario

México estaba por cumplir el primer centenario de independencia y Don Porfirio Díaz estaba ahí para celebrarlo. El Porfiriato vivía su  culmen. La tan ansiada paz era real y se veían los efectos del orden y progreso promovidos por el presidente Díaz tanto en su lema como en su mandato. Treinta años de mano dura fueron suficientes para cambiar al país. Industrialización, desarrollo comercial y obra, mucha obra pública.

Era momento de demostrarle al mundo que México no solo era un país independiente, sino que era próspero. Por primera vez se tuvo un superávit en el presupuesto del gobierno; peso y el dólar tenían el mismo valor. Ferrocarril, electrificación, carreteras, puentes, puertos, haciendas, fábricas de manufactura… Plazas, teatros, estaciones de tren, grandes monumentos, edificios de catálogo traídos desde Europa, que más.

Guanajuato fue de los consentidos del General Díaz: el Teatro Juárez, el Palacio Legislativo, el Mercado Hidalgo ―proyectado como estación de ferrocarril― el túnel del Coajín, la gran escultura de Hidalgo y la Plaza de la Paz fueron parte de su legado.

Pero por mas que lucían las obras, la gente también tenía hambre, y sed de libertad.

No se habían acabado las fiestas del Centenario y ya había empezado una revolución que terminaría con su sueño. Cien años después, estas obras han perdurado y siguen embelleciendo a Guanajuato.

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