La Joya de la Corona

La historia del Guanajuato Virreinal se remonta hasta la segunda mitad del siglo XVI, cuando se descubren ricos yacimientos minerales.

Con la plata de las minas de Guanajuato se enriquecieron las arcas de la Corona Española y ganó seguridad el Virreinato para extender sus dominios, pero también dieron una vitalidad insospechada a la región, pues para que el Real de Minas y sus alrededores prosperaran, se demandaban alimentos, ganado, enseres domésticos, herramientas, y provisiones de todo tipo  pero sobre todo, mano de obra. Entrado el Siglo XVIII y consolidada la riqueza, el espíritu de todos aquellos hombres y sus familias también demandó regocijo, esperanza y los rituales necesarios para fortalecer su fe tanto en las instituciones terrenales, como en las promesas celestiales.

Fue entonces cuando la bonanza se pudo tallar en la piedra, en los sueños y en las obras. Todo Guanajuato estaba en construcción: por la traza irregular de las haciendas de beneficio de metales fueron surgiendo numerosos y majestuosos templos que competían entre sí, humildes conventos para formar a los jóvenes, ostentosas mansiones para nuevos linajes y servicios públicos para los que sólo aspiraban a seguir viviendo. En menos de una centuria la ciudad floreció a tal grado que nadie dudaba en que aquella era la joya de la corona, literal y metafóricamente. El legado arquitectónico y cultural sería de tal magnitud que pasados los años se convertiría, por derecho propio, en Patrimonio Cultural de la Humanidad, declarada por la UNESCO en 1988.

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