La Aparición de los Monjes Dieguinos

Todas las noches del cuatro de octubre de cada año, aparece por el Jardín de la Unión una procesión de monjes dieguinos. Puedes apostarte a esperarlos, querido visitante, la leyenda dice que el suceso acontece entre tres y cuatro de la mañana.

Vienen cada uno con un cirio en la mano, nadie ha contado nunca cuantos son. El rostro hundido en el capuchón del tosco sayal, su canto gregoriano es escalofriante. Penetran la escalinata del Teatro Juárez como si ahí no hubiera edificio alguno. Van bajando hacia la calle subterránea, buscando el nivel original de su convento que hace siglos quedó azolvado por las inundaciones provocadas por las crecidas del río Guanajuato.

Bajo la ciudad que hoy conocemos hay otras dos. Los primeros edificios y calles, de la época de la conquista,  fueron soterrados para construir encima otros a un nivel más alto, que quedaran a salvo del agua que los salvajes aguaceros precipitaban hacia la parte baja de la cañada. Sobre esa primera elevación se construyó el convento de San Pedro de Alcántara, que en la gran inundación de 1780 quedó nuevamente soterrado por el alubión. Sobre parte de sus ruinas se eleva el nuevo templo de San Diego, ocho metros arriba del nivel original.

Hacia la mitad del siglo diecinueve cundió la noticia de que la Capilla de los Menores —último vestigio del convento— iba a ser demolida. Hubo indignación entre los fieles, quienes lo consideraron un sacrilegio.

―Se van a condenar. Tanto los dueños, como los que trabajen ahí, se van a ir al infierno por toda la eternidad.

―Algo les va a pasar, ¿qué no les dará miedo hacer tamaña profanación?

Encarnación Serrano, jefe político de la Administración Pública compró la capilla como si fuera nomás terreno y pagó una bicoca. Va a construir ahí un hotel; Emporio, dicen que se va a llamar.

―Pues maldito él y maldito su hotel, Dios lo va a castigar.

Fue por aquellas fechas que los mojes se aparecieron por primera vez, quizá tratando de salvaguardar lo que quedaba de su convento.

Misteriosamente la maldición se cumplió. Días después de iniciada la obra la cúpula del convento inesperadamente se vino abajo, sepultando en escombros a seis albañiles que no hacían más que cumplir con su trabajo.

Pese a todo el Hotel Emporio se inauguró, pero los huéspedes enfermaban y morían, víctimas de males inexplicables. El dueño se vio obligado a venderlo y los nuevos dueños extrañamente lo demolieron. El terreno quedó abandonado por años, hasta que se construyó ahí el Teatro Juárez.

Así que ya lo sabes, el día del cordonazo de San Francisco, puedes sentarte pacientemente a esperar a los monjes, que van buscando su desaparecido convento.

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