El Tecolote

Esta es la leyenda de la subida del Tecolote, por donde penetró a la ciudad el padre Hidalgo, con su Ejército Insurgente.

Cada año, desde tiempo inmemorial, una noche de luna llena al final del verano, las brujas de Guanajuato vuelan en sus escobas desde el cerro de San Miguel al del Meco y ahí se entregan a pavorosos aquelarres. En los tiempos en que comenzaba el auge minero, una de ellas, llamada Inés, se cobró con malas artes un despecho de amor.

Para cubrir las apariencias, Inés regenteaba una casa de poca monta, donde se guisaban y vendían platos de pobre. Decenas de mineros andaban tras sus encantos, sin embargo ella posó sus ojos sobre un apuesto arriero que de vez en cuando paraba a comer en su fonda. Con pócimas y filtros lo hizo enloquecer por ella; Juan era su nombre.

Cierto amanecer, al cabo de una tórrida noche de pasión,  Inés intentó cortarle a Juan un mechón de cabello para hechizarlo de por vida, pero el joven despertó y huyó por la ventana.

Pasaron los meses. Un día Inés se enteró que Juan iba a casarse.

La noche siguiente a la boda un hombre impecablemente vestido tocó a la puerta del arriero para ofrecerle un trabajo que no pudo rehusar: le daría doble paga por llevar, con su recua de mulas, una carga a San Felipe. Cuando se encaminaban hacia donde estaba el cargamento, el hombre empujó violentamente a Juan dentro de una casucha.

―Ja, ja, mísera sabandija, creíste que podías librarte de mí, ¿no es cierto?

―Inés, ¿qué vas a hacer? déjame ir, ahora tengo una esposa que me espera.

El lugar era horrible, medio iluminado por cirios negros. Junto a Inés había tres viejas espantosas, cada una con un animal al hombro. Una tenía un cuervo, otra un murciélago y la última una enorme tarántula. En el centro, un caldero hervía con hedor nauseabundo.

Ante los ojos atónitos de Juan, Inés se transformó en lo que realmente era, una vieja decrépita, calva y con verrugas. Aprovechando su sorpresa, la bruja lo echó al caldero.

Ni siquiera la leyenda se atreve a describir lo que sucedió después, pero hasta nosotros ha llegado la conseja de que a partir de esa funesta noche, en una jaula desvencijada, comenzó a verse un aturdido tecolote a la entrada de la fonda de Inés, al pie del empinado callejón.

Si te toca ver a las brujas volando sobre sus escobas del cerro de San Miguel al del Meco, fíjate bien, la que trae un Tecolote en el hombro es Inés.

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